EFECTO DEL ESPECTADOR

Diez de la mañana, línea 9. Metro en dirección Arganda del Rey. De pronto, un grito de ayuda rompe la bendita calma matutina del vagón. Un hombre, de mediana edad, comienza a pedir ayuda mientras se desvanece en el suelo. ¿La reacción de la gente? Parálisis. Todos miran, pero nadie hace nada. “Todos miran”, luego lo han oído. “Nadie hace nada”, es decir, sus músculos se han quedado inmóviles mientras su cerebro está procesando algo… “¿es una emergencia real o es una representación teatral de un hombre que desea ganarse unos eurillos de buena mañana?… Parece una emergencia pero ¿por qué nadie se inmuta? Desde luego no seré yo el primero en alarmarme…” Miradas de un lado a otro. “Madre mía, sí, parece en apuros, que alguien se acerque…» «No sé, si nadie va será porque tal vez sea un indigente… o, peor, un loco…» «Además, ¿por qué debería ir yo? No es mi historia, no le conozco de nada”. 

Vuelven la mirada a las pantallas. Yo finjo ignorancia mientras mi cerebro no para de hablarme. “En serio, debería ir alguien a socorrerle, ¿¡no!?” Y, mientras tanto, tic, tac…tic, tac… 

Pasa casi un minuto hasta que alguien se lanza en su ayuda.

Este fenómeno social se conoce como “Efecto del espectador” y choca frontalmente con elementos de la ética y moralidad que en principio tenemos muy arraigados. Todos en frío lo tenemos claro: alguien pide ayuda + creo que puedo dársela = me lanzo al rescate (2 segundos, a lo sumo). Incluso legalmente estamos obligados a ello (delito de “omisión del deber de socorro”). Sin embargo, en experimentos sociales se ha visto que cuantos más espectadores haya en una situación de emergencia, menor será la probabilidad de ayuda y más tiempo tardará en recibirla. Es decir, entre las personas nos inhibimos la respuesta altruista. Cada uno de nosotros somos un modelo de pasividad para el otro, y se genera esta inútil parálisis colectiva.